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Enviado por: mazur10-09-2010
Sección: Fantasia / Mitología

 

Demian

 

 

DEMIAN
(El Apóstata)

Apartando su cabeza del fuego, su cuello tieso y relumbroso con una sombra incipiente que estaba posada sobre la mitad de su rostro Demian acunó sus manos suavemente apoyándolas una sobre la otra. Miró a diestra y siniestra concentrado; observó largamente las llamas ardientes en la fría espesura del bosque... Abrigaba su espíritu el fragor de las llamas y halló entonces la mirada de la luna en el cielo y así promovió su palabra; dijo con su voz juvenil y temblorosa:
Luna... Tú...
En la hora nocturna...
No perteneces a la noche de los hombres solitarios. Me has conducido a mi hogar y tu mirada de dulzura es el sosiego en mi espíritu sensible que ahora en vos reposa...
¿Recuerdas cómo estaba solo y me hallaba en la oscuridad del camino? Cayó la noche y mi travesía infructuosa cuando la oscuridad y la muerte acechaban... ¡Lo que ha sido para mí caminar sobre tus pasos y tus luces entre vos y la piedra! Sobre el manto oblicuo de tu mirada que tejes para los hombres perdidos. Tu sombra es asombro de lo luminoso que parece poblar la oscuridad y ensombrecer la luz dulcemente tan sólo el amor guió mis pasos, mi gozo y mi ternura...
El viento salvajemente levantó una cortina de hojas y de polvo y cegó el paisaje silvestre que se debatía ensordecido. Demian observaba boquiabierto mientras la luna lo miraba leonina y maternal; él le hablaba a través de aquella blancura impoluta y claramente espléndida cuando sus palabras enmudecieron en sus labios; bebía de ella como del pecho de una madre. Abrió su corazón y cuando sus palabras nuevamente comenzaban a fluir el viento hizo vibrar oleadas de sombras y el cielo pareció batir su oleaje ennegrecido.
Mis palabras son las palabras de la noche... Pensó mordiéndose los labios para no continuar. La luz mortecina había transformado el paisaje en un escenario etéreo y difuso. Los sitios que cubría con su manto eran ahora como inmensos lagos que aparecían aquietados prontos a ocultarse semejantes a la entrada de un nuevo mundo.
¡Un abismo dónde ningún hombre se atrevería a posar un pie!
Oyó Demian le advertía su propia voz. El sonido rozó sus labios se irguió y el fuego se alzó en su rostro. Caminó hacia el valle espectral extendiendo levemente sus brazos y sintió con todo su cuerpo cómo se abría la noche y los árboles robustos como guardianes lo acariciaban con sus ramas sin prodigarle un sólo rasguño. De pronto, asustado, dio un giro brusco pero cuando escapaba, oyó una voz femenina que le preguntó:
¿Eres tú quién estuvo aquí antes?
¿Por qué estás tan triste?
¿Porque huyes?
¿Quiénes te persiguen ?¿Y porqué quieres morir?
¿Por qué estás tan solo?
Se bueno y ven conmigo... Ven.

No me preguntes y perdóname. Dijo Demian con la cabeza gacha y salió corriendo hacia su campamento... Allí sintió el calor del fuego y celebrando su pronto regreso dijo como si fuese oído por las llamas crepitantes: Es hora de dormir ya... No pertenezco a la noche y tú lo sabes. Es tarde... Dejemos pues las cosas en su lugar. Luego apagó el fuego delicadamente apartando uno a uno los leños ardientes que luego cubrió con tierra hasta la última braza. El frío y la oscuridad lo invadieron de pronto y antes que sus ojos pudieran adaptarse a la oscuridad entró en su pequeña tienda de campamento y se cubrió de pies a cabeza tiritando... Con los ojos muy abiertos dejó que la oscuridad entrara en él lentamente. Y cuándo el sueño estaba por embargarlo completamente oyó en su interior una voz áspera y ruda que clamó repentinamente:

¡Suelten a los Hombres...!

Demian dio un brinco y al intentar ponerse de pie estuvo apunto de derribar la tienda en la que no cabía parado. Recordó aquellas palabras y comenzó a reír... Incómodamente y corvo dentro de la tienda no halló más remedio que recostarse nuevamente. Repitió tres veces aquella frase y no pudo evitar la risa cada vez y se alegró de poder reír; como su propia risa le impedía pensar aquella frase con mayor corrección aprovechó el divertimento y se puso de pie nuevamente con cuidado para no derribar su tienda y procurando la mejor posición para no sentirse extrañamente encorvado. Recobró primero el aliento, esperó un momento a que el escozor de la risa se disipara y acompañando sus palabras con un movimiento calculado de su brazo derecho para que los límites de la tienda no se le impusieran a su fantasía dijo imitando aquella voz...
¡Suelten a los hombres! Entonces escuchó fuera de la carpa unos bufidos roncos y el terror se apoderó de él. Velozmente se dispuso a cerrar por completo la entrada de la tienda e intentó calmarse. Pero mientras ajustaba la entrada con mano calma. Entrevió una figura parda y alargada que comenzó a rondarlo, gruñendo. Aterrorizado escuchaba los resoplos y olía el hedor que la bestia emanaba y sintió estupor cuando aquella bestia con sus enormes garras intentaba hacer un pozo al borde de su tienda para olfatear el interior. Se sintió perdido... La pequeña tienda de campamento no era obstáculo suficiente para el feroz animal. Demian para recobrarse y sin hacer el menor ruido apoyó en el centro de su frente el dedo anular como si fuera una varita mágica y se concentró en aquel punto casi imperceptible que se extendió hasta cubrirlo por completó y sólo entonces se sentó en el centro de la tienda. Apoyó el mango de su cuchillo sobre la boca del estomago y agachó la cabeza para concentrarse y escuchar los movimientos de la fiera. En ese momento sintió que esta se apartaba y el sonido hueco de sus pesadas patas le heló la sangre; recuperó la postura temiendo un sorpresivo ataque pero el animal se distrajo con los restos de comida en sus trastos y Demian permaneció a oscuras en aquella posición inmóvil durante largo tiempo mientras la bestia parecía debatirse, entre partir o atacar.
Una vez que se sintió seguro de que aquel el animal hubo desistido de su banquete; en su mente conturbada resonaron nuevamente aquellas palabras, severamente...
¡Suelten a los Hombres!
Pensó ahora Demian aún sin comprender pero la frase ya no le causaba ni la menor gracia; se recostó en silencio y el sueño se posó sobre él...
Estaba así en silencio con los ojos abiertos, pero de pronto; se hallaba en un calabozo estrecho de tamaño similar al de su tienda. Alzó la vista y vislumbró las rejas que cerraban la celda en ángulo de 45 grados. Demian no podía diferenciar si se hallaba en una jaula o en una celda. Recostado y sin cambiar de posición percibió que junto a su cuerpo se abría una fosa sin fondo. En ese momento el sueño se convirtió en ensueño. Al instante distinguió a una turba colorida que le lanzaba gritos insultos y escupitajos. De una puerta salieron tres leonas hambrientas. Demian se puso de pie y se acercó hacia ellas y comenzó a acariciarlas. Una leona se echó a sus pies y luego de un momento volteó patas arriba para que le acariciara el vientre. La otras dos rugían ferozmente a la turba que comenzó a arrojarles piedras. Las leonas cada vez más furiosas buscaban desesperadas la manera de arrojarse sobre la multitud. Una de ellas saltó a través de una profunda fosa y quedó colgada con sus garras delanteras; la gente huía despavorida lanzando gritos. Varios soldados se alistaron rápidamente armados con arcos pero las flechas no hicieron blanco y la leona más robusta de las tres ascendió a las gradas y lanzó un rugido aterrador y victorioso. Demian continuaba acariciando a la leona que lo miraba con ojos tristes y tiernos. La otra leona intentó saltar pero cayó a la fosa al no poder sujetarse y la multitud dio un grito de terror. Las flechas se acercaban cada vez más a su blanco. Demian miró los ojos de la enorme leona que caminaba sobre las gradas furiosa y que lo miró también; hizo un gesto brusco con la cabeza y la fiera con toda su potencia arremetió contra la multitud. Luego Demian volteó la mirada a la leona que estaba echada a sus pies y le rogó con ojos suplicantes...
Huye, que no te atrapen; huye… ¿O has venido a que te matarán? ¡Huye!. Para mí esto no es más que un sueño: ¿Pero lo será para ti? Por favor, te lo ruego. Mira... Le dijo recobrándose. Y verás que lo que digo es cierto. Y señaló unas puertas que un momento antes no estaban y que se abrieron de par en par. La leona se levantó algo ofuscada y dirigió su mirada hacia la otra leona que se abría paso masacrando a quienes encontraba en su camino. La furiosa leona con múltiples heridas sangrantes aún seguía matando y sus garras y dientes, relucían de furor... Demian se arrojó de rodillas:
Te lo ruego huye mientras puedas. Y al ver que la leona no le hacía ningún caso comenzó a llorar y a sollozar. La leona lo miró girando a su alrededor se inclinó hacía atrás sobre sus patas traseras para tomar impulso y emprendió una carrera violenta hacia la fosa y cuando estaba a punto de saltar Demian despertó gritando:
¡Madre... Porqué me abandonas y me haces sufrir acaso no he sufrido lo bastante!
Estaba confuso de sus palabras pero luego de un momento agregó enfurecido...
Seré rudo y aprenderé la lección.

II

El sol cada mañana calentaba rápidamente la tienda de campamento pero el joven Demian soportaba cuanto podía antes de salir y se quedaba horas leyendo cantando o meditando sobre sus asuntos hasta que el sudor lo cubría por completo y tenía dificultades para respirar; desató la entrada de la tienda y la hizo a un lado de un manotazo abriéndose camino sudoroso y despreocupado caminó unos metros hacía un árbol caído que le servía de asiento. Juntó los trastos que estaban esparcidos por el suelo y se sentó. Repentinamente sintió como si lo observaran conteniendo la risa y miró hacia el cielo. Sorprendido notó la mirada de la Luna reclinada hacia un costado. Oyó una risa de mujer...
El joven se irguió violentado, no lograba articular palabra... ¿Qué hace aquí? Pensaba. ¿Qué quiere ella de mí?... ¡Se burla, eso es! Pero de pronto entre sus tribulaciones y pensamientos inconclusos oyó una voz tierna decir:
¿Pero no dijiste tú que habías aprendido la lección? Demian no hallaba reparo pero dijo: No hablaré más contigo, no soporto tus burlas.
Perdóname... Dijo suplicante una dulce voz. No pensé que fueras tan susceptible. ¿No te das cuenta que estoy aquí sólo para estar contigo? ¿Acaso no me pediste que no te abandonara?
¿Por qué me haces esto? Preguntó Demian entristecido.
Al tomar asiento escuchaba mirando al suelo, preocupadamente...
Estabas tan triste y tan solo... Y no puedes negarme que lo que tú deseas y callas es morir... Así como tú puedes escuchar mis palabras yo puedo ver en tu corazón. Dijo con severidad.
¿Podrías entonces comprender que haya querido alegrarte un poco y hacerte una broma?
Una broma... Repitió Demian en voz alta volteando la cabeza a un costado.
Sí, alégrate hijo mío... Y hazle caso a tu madre.
¿Mi madre...? Dijo Demian agarrándose la cabeza.
Sí, tu madre; ¿O no es así como me llamas...?
Estoy confundido perdóname, no sé que decir...
Ahora estás confundido porque has cerrado tu corazón pero no es obstáculo para mí... Escúchalo y dime que es lo que dice.
La vergüenza se desvaneció y Demian prestó oídos a su corazón, luego sonrió.
Vamos; dijo la Luna… Quiero oírlo aunque sea una sola vez, dime...
Te amo... Dijo Demian con voz tierna y esbozando una hermosa sonrisa.
Y yo te amo a ti... Le dijo ella. Y nunca te abandonaré.
Demian nuevamente conturbado agachó la cabeza.
No entiendo, no logró entender... Dijo con voz sombría.
Así vas por mal camino. Fue la respuesta.
Escúchame y presta atención... ¿No entiendes?
La voz amada se perdía y Demian comenzó a tambalearse.

Comprendes ahora lo que se siente... Culminó la luna que estaba totalmente compenetrada con sus dichos, Demian ya no resistió y cayó de rodillas al suelo y luego se desplomó por completo. La voz femenina de la luna clamaba: No desfallezcas amor mío...
¿Qué has comprendido? ¿Me oyes? Respóndeme. Demian escuchaba atónito aquellas palabras de la luna a plena luz del día y sintió que su brazo estaba apoyado sobre las brazas que ardían desde la noche anterior y que aún emanaban calor pero continuó inmóvil y dijo:
Yo amo al fuego y el fuego también me ama...
¡Levántate! Le ordenó la luna. ¡Levántate, te hará daño! Su piel parecía comenzar a chamuscarse. ¡Levántate! Rugió nuevamente la Luna. Claro que te ama, por supuesto...
¿Pero qué te ocurre, qué has comprendido...? ¿Te molestó lo que te he dicho? ¿Fueron mis palabras?
Sé que me amas. Dijo Demian seriamente. Y sé que también el fuego me ama.
Pero que te ocurre... Bramaba la luna. Has enloquecido, ¡Claro que te ama! ¿Por qué le haces esto si él te ama...?. ¿Acaso tú no lo amas...? No puedo comprenderlo... ¿Te has vuelto tonto? El fuego te ama pero tú eres como él; quemas lo que amas.

Repentinamente Demian sintió un terrible dolor. Lo que un instante atrás era una leve caricia sintió que ahora le hería. Giró sobre sí mismo rápidamente y se alejó de las brazas.
Perdóname... Dijo la luna desconsolada. No quise... En verdad. No quise...
Demian sacudió las cenizas de su brazo y su rostro y se preguntó... ¿Por qué no me quemó el rostro...? La luna enmudeció. Demian se acercó hacia las brazas y pateó con fuerza el lugar adonde hacía un momento se hallaba tendido y cientos de chispas volaron por los aires, furioso continuó desparramando las brasas y por doquier volaban chispas.
No... No, No, piedad, clamaba la luna. Lo has ofendido y él te ama. Eres cruel e impiadoso.
¡Silencio!. Gritó Demian, enfurecido. Y luego se sentó nuevamente en el árbol caído, y comenzó a sollozar. ¿Qué quieren de mí?
¿Pero qué he hecho, qué quieren de mí, quién crees que soy...?
Se lamentaba Demian.
¡Te castigará, te castigará. Eres muy malo, te castigará! Demian perturbado buscó cobijo en su tienda; el silencio alegró su espíritu y al cabo de un momento se durmió.

III

Despertó poco antes del anochecer. No recordaba lo ocurrido y sentía sed así que se dirigió hacia la casa de Jesús donde había un grifo. El camino era corto y llano; un estrecho sendero en el bosque que desembocaba en una casilla donde la sobrina del baquiano despachaba víveres para los pobladores. De otro modo, para obtener agua, debía descender el monte escarpado hasta el arroyo lo que resultaba demasiado trabajoso. Y a Demian le agradaba la conversación de su vecino próximo y la de su sobrina. Pero la casilla estaba cerrada y no había nadie. Así que llenó un jarro con agua y regresó hasta su tienda. Poco a poco recordó lo que había ocurrido y le pareció un sueño. Juntó algunos leños y encendió el fuego y se lamentó de no haber hallado alguien con quien hablar. Su comportamiento era algo tosco como si aún no se hubiera despertado del todo. Encendió algunas ramas y la pequeña llama se apagó y se recostó para soplar las brasas y encenderlas nuevamente.
Ten cuidado... Oyó, como si él mismo lo pensara con otra voz. Demian hizo una mueca y se recostó. Eres valiente... La misma voz le decía. Alzó la mirada hacia la luna y dijo:
Si el fuego está frío, temeré y tú habrás desaparecido… ¿Ahora te escondes como una ladrona? Me has robado el corazón y te burlas de mí... Y el fuego abrasó los leños y comenzó a arder, bullicioso.
¿Comprendes...?. Le preguntó Demian a la luna. El fuego quema y la luna no habla. Entraste en mí como una ladrona, no te lo perdonaré. Tú enloqueces a los hombres y los matas. No te lo perdonaré. Yo no hablaré más contigo; habla con los enamorados. Demian furioso observó arder el fuego al igual que su corazón y sintió deseos de tomar con sus manos aquellas llamaradas y arrojárselas a la luna pero el fuego se apaciguó y Demian recuperó la calma y se sentó junto y le dijo:
Tú eres mi compañero y mi amigo... Me das calor, cueces mis alimentos; me proteges de las fieras y me alegras el espíritu con tu danza y tu belleza. En ese momento estallaron unas brasas y Demian rió y dijo bromeando... Y lo más importante es que no hablas con palabras. Las palabras necias y vanas enloquecen. Tú haces tu trabajo, cumples tú misión y brindas sabiduría. Por eso te elijo... Las llamas se aquietaron y Demian notó que la leña escaseaba... Te conseguiré alimento y nos divertiremos porque alumbrarás esta noche para que juntos le demos una lección a la luna habladora. Demian se irguió y las sombras centellearon en los árboles. La apariencia de aquella fantástica multitud y su ánimo festivo le hicieron trastabillar y se asustó. Para recobrar el ánimo extendió sus brazos y dijo: Bienvenidos a la fiesta del fuego, divirtámonos en paz. Mi ánimo alegre atraviesa la noche celebrando cantando y bailando...
¿Tú no eres el mismo que dijo que las cosas de la noche sólo le pertenecen a la noche? Le reprochó entonces la luna.
Es cierto... Respondió Demian... Fui yo el que dijo eso pero no caeré en tu trampa.
¿Acaso debo explicar mis deseos de celebrar y ser feliz?
¿Acaso ya no deseas morir? Preguntó la luna contrariada.
No. Respondió Demian.
¡Entonces celebras la vida...!
No. Respondió Demián.
Celebro un hallazgo... Dijo sin vacilar y agregó.
En soledad y alegremente...
¿Pero no eres tú el mismo que dijo que la soledad no existe...?
Nos sentimos solos cuando pensamos en quienes amamos y que no están a nuestro lado. Sufrimos la soledad regodeándonos de recuerdos que nos hieren pensando en los otros y en lo bello que sería estar acompañados. Por eso dije que la soledad no existe... Porque los recuerdos me torturaban y porque no dejaba de imaginar la felicidad en compañía. Pero hoy hallé a mi hermana mayo; la soledad, en lo profundo de mi corazón... Estaba allí conteniendo la risa escondida. Y cuando noté su delicada presencia la felicidad me envolvió por completo. Supe por en cuanto que no necesito alejarme para gozar de la soledad. Incluso celebro tu presencia aún "alunado". No te sientas desdichada. Mi hermana la soledad nunca está sola, se encuentra acompañada por mi silencio. Las palabras la hieren porque le hablamos sólo de desdichas y le decimos que no es buena; que no es grata y que no nos satisface. Pero cuando ya no encontramos manera de lamentarnos y de rechazarla, ella nos toma en sus brazos y nos arrulla con ternura. Nosotros agobiados aún no la distinguimos entre tantos fantasmas que nos hemos creado parloteando y lamentándonos pero siempre nos dormimos en sus brazos. Y es cuando ella nos habla con dulzura y espanta los malos sueños. Pero su voz es tan dulce y tan suave que no la oímos anegados en su amor. Ella nos dice: Eres lindo cuando duermes... Y nos acaricia con sus cabellos oscuros. Y si torcemos la boca ella nos besa. Y si aún continuamos torturándonos con nuestro abandono... Ella posa sus mejillas rosadas en nuestra frente y nos dice: Sueña; la vida es hermosa. Y nos besa los ojos. Y también nos dice: Yo soy tu soledad, y te amo... Eso es todo, por lo general. Pero a mí me ha dicho algo más. Yo soy tu soledad y te amo a ti, que eres tan perezoso y refunfuñas; pero pero para ti soy también tu alegría... ¿No te has dado cuenta? Y cada vez que te miro a los ojos y te veo sufrir sufro contigo y espero a que te calmes para darte mí amor. Eres tan hermoso... Así que te lo digo todo de una vez; soy tu hermana mayor, la soledad, y si abres tu corazón a mi amor seré tu alegría. No me ofendas y serás dichoso. Luego inspiró en mí, un sueño...
Caminaba por la calle y me encontraba con un viejo conocido. No sabía hacia dónde me dirigía. Pero como estaba solo fui con aquél siguiendo su camino. Este conocido mío se comportaba de manera vulgar, tenía mucho dinero que auguraba diversión y compañía. Bebimos mucho vino, estuvimos con muchas mujeres y reímos. Y uno a uno fui encontrándome con todas las personas que deseaba ver hasta quedarme nuevamente a solas con él. Entonces sentí que aquel conocido a pesar de nuestras diferencias se convertiría en un amigo y entonces quise ofrecerle mi amistad pero luego sentí que no había nada que pudiera ofrecerle. En mí habitaban sólo palabras de reproche y ya no sentía deseos de beber ni de estar con mujeres ni de andar encontrándome con más gente. Cuando quise darle mi amistad él sentiría que yo lo rechazaba, pensaría que sólo había estado en su compañía para saciar mis apetitos. Me avergoncé, y le confié entonces a mi amigo mis pensamientos...
No tengo riquezas porque no sé disfrutarlas. No me agradan las multitudes porque no me reconozco en ellas y me pierdo. El tonto sigue al más tonto. No me agradan las fiestas porque luego mi alma sufre ensombrecida, y me tortura. Mi amigo me tomó del hombro y me dijo:
Cuando me encontré contigo sentí que tú camino era mejor que el mío... Creí que me pedirías que te acompañara y me enseñarías y hablarías con palabras bellas. En cuanto noté que dudabas y que no sabías que hacer me sentí ofendido y quise dilapidarlo todo ante tus ojos, con arrogancia. Así quizá, embriagándote, obtendría lo que necesito saber... Dime: ¿Cuál es el secreto que guardas en tu corazón y te niegas a compartir? En ese momento me desperté sobresaltado. Gritando...
¡Mi alegría... Mi alegría!
Porque mi alegría es poderosa. Mi alegría es silenciosa y duradera. Mi alegría es la marcha por el camino más difícil. Mi alegría es la soledad. En ella me forjo para los tiempos futuros. En ella crezco, y me fortalezco con su sabiduría...
Demian silenció sus palabras en el viento que sacudía las copas de los árboles se irguió al momento y fue en busca de más leña; el fuego debería arder más que cualquier otra noche. Pero apenas dio unos pasos entre las sombras quedó perplejo al ver una hermosa flor iluminada en su hermosura por la muda luz de la luna.
¡No es para ti...! Le Dijo la luna entristecida.
Demian se echó a reír... ¡Pero qué casualidad! Dijo en tono de sorna.
Dije que te daría una lección. ¿No es así...? Dijo Demian.
Ella no existe... ¿No es cierto? Fue sólo un truco y te saliste con la tuya, lo admito. Demian se encaminó donde el fuego empequeñecía.
¡No te vallas, no me dejes sola!

III

Demian estaba sentado junto al fuego contemplando el amanecer. Las sombras se disipaban y su mirada se expandía hacia lo lejos y avizoraba aquello que invisible alertó su vigilia durante la noche. Pero de pronto, la soledad desnuda se apareció a su lado y lo miró dulcemente. Demian hizo un gesto ligero para tomarla de la mano, y le dijo:
Ahora sostengo tu mano y soy dichoso; la muerte y la oscuridad son mis amigas pero no las extrañaré. ¿En qué no he pensado al estar danzando de la mano con ellas en ronda alrededor del fuego?; La muerte asía mi mano e iba acostumbrándome a esas manos huesudas y la oscuridad me miraba como un millar de ojos negros. Y cuando me mira la tristeza, y mis entrañas se crispan en el hambre y un costal de sapos es mi cuerpo; mi mirada es la del señalado por tus delicadas manos de mujer que animan lo que tocan... Si tu deseo es capaz de derribarme, mi deseo puede destruir el amor. Demian se irguió lentamente y la beso en los labios, su cuerpo se tambaleó y con esfuerzo calculó sus movimientos para no trastabillar, apesadumbrado observó la caída del sendero hacia el arroyo, entre las piedras se tendía el camino; entre piedra y piedra elevaría sus pasos hacia el poblado. Miró las suelas de su calzado que colgaban como lenguas caninas. Y dijo bromeando:
Ay, mis fieles guardianas ya están prontas. Luego en silencio las ató y emprendió la marcha sin mirar atrás la tierra áspera acariciaba con sus manos pero resbaló y sus rodillas golpearon fuertemente entre las rocas. Apenas luego sintió como su cuerpo abrazaba la inmutable presencia de aquella roca inmensa. Apoyó su tibia mejilla contra la fría y rugosa superficie; la temperatura de la piedra le animó, refrescándolo. El dolor no cesaba pero sentía como una caricia, un sostén. Tendido sobre la roca lo distrajo la sangre que brotaba de su nariz. El joven se llevó la mano a la nariz y sollozó. Luego miró su mano ensangrentada, lamentándose. Estaba aprisionado por sus rodillas en una cavidad entre una enorme roca y otra de menor tamaño en riesgo de caer hacia atrás entre la piedras sobre el arroyo. Demian sentía la corriente a sus espaldas como voces de espíritus milenarios que sobre las aguas reclamaban su vida. Abrazó la roca con todo su cuerpo extendiendo los brazos pero sus piernas estaban atoradas y entumecidas. Se irguió un poco y volteando la cabeza con sus antebrazos ya firmes sobre la roca helada. Le dijo: Hazme reír en mí camino. Soy tu pasajero y mi cuerpo es de limo y cáñamo... Tú eres la estrella en el firmamento y por eso yo conozco bien mi camino. Los filos agudos de mi debilidad ahuyentarán a tú único enemigo, el tiempo. Demian con los brazos tensionados yacía torcido sobre la roca; entonces se dejó caer como un peso muerto sobre su lado izquierdo extendiendo su brazo lo más que pudo hasta que se lo impidieron sus piernas apretadas, una contra la otra, en desorden. Entonces Demian alzó su brazo derecho apretando el puño pero su posición le impedía descargarlo sobre la roca. El único ángulo para un golpe coincidía con la articulación de su codo. Elevó su mirada hacia el cielo. Su cuerpo cimbró y sus piernas quedaron libres. La piedra en su quietud le recordaba su soledad. Y Demian le dijo a la roca. Eres tan pacífica y simple, tan difícil como fácil de evitar. Ofrezco mi vulnerabilidad a tu fuerza porque en tu mundo habitan los secretos y eres estrella y niña de ojos azules. Y ríes entre los aleteos de los pájaros...
Demian entonces oyó una voz recia que le dijo:
Aún el pájaro ciego no canta en la noche ahora la luz del misterio se ha ido. Ilumínate y se dueño de ti de tu mundo y tu naturaleza. Si tú no me entiendes es porque no eres a quien van dirigidas mis palabras, y debes seguir tu camino como si nada.
Demian se reclinó y tomó una piedra que halló a sus pies y dijo: Piedra sobre piedra. Secreto sobre secreto. El hombre que camine sobre nuestro corazón deberá hacerlo sobre las aguas, y el hombre que lo hiciera será vil y despreciable. Y arrojó la piedra con furia contra la roca inmensa.
Yo arrojo la primera piedra y en ella el deseo del bien... Pie, pie. Piedra sobre piedra.
En los dichos del hombre soy como un cuenco dónde resuena fúnebre la melodía seductora de los ángeles del Apocalipsis. Hubo mucho muerto, y mucha peste. En el reino de los cielos se cuecen habas. Eso dijo el pájaro ciego durante la noche al que la luz no perturba.

Tres kilómetros anduvo Demian bordeando el arroyo. Pasó detrás del cementerio y al llegar al primer puente tomó el camino al pueblo y luego anduvo entre las chacras camino de la montaña. Se acercaba la fecha de la Navidad y el trabajo escaseaba.
Sólo oigo hablar de un Dios y hacia él me dirijo. Pensó Demian, y luego entró en una chacra donde algunos hombres y mujeres formaban fila frente a una mesa que dejaba entrever un lugar vacío bajo la sombra. El sol caía con furia sobre el valle y la gente esperaba en silencio. Cargaban con una caja de madera que contenía algunos frascos llenos de fresas. Demian se colocó último en la fila. La paga era de 25 centavos por frasco, cada caja albergaba diez frascos y sólo contaban los frascos totalmente llenos. La paga por la caja completa era tan sólo de dos pesos y medio.
Allí están las cajas con los frascos vacíos, no esperes para tomarlos. Le indicó un hombre de aspecto originario de la zona. Pero el patrón te tiene que decir cuál es tu cuadra. Agregó, volteando luego hacia la mesa. Al cabo de un instante un hombre joven se acercó al lugar acompañado por otros dos hombres que hablaban en un idioma extranjero y que se deleitaban con el paisaje. Demian tomó una caja que llenó de frascos vacíos y esperó a un lado. El patrón quitaba los frascos con fresas de la caja y luego tomaba de los frascos las fresas necesarias para llenar los otros completamente. La fila corva hastiada de sol y de harapos abrigados que los cubrían por completo agachaba la cabeza; de diez frascos pagaba sólo seis. Y los cuatro restantes por incompletos debían ser rellenados para que el trabajador reciba el dinero por el esfuerzo ya realizado. Ninguno en la fila logró finalmente que le pagaran la caja completa. La cosecha llegaba a su fin y era difícil hallar fresas que no estuvieran podridas o resecas. El joven patrón lo guió hasta una de las pocas cuadras aún utilizadas. Y le dijo: Hay pocas pero hay. Demian se esforzó por verlas pero no vio ninguna, entonces arqueó los hombros. El patrón apartó con su brazo las ramas y le enseñó algunas fresas que se hallaban más de un metro dentro de la planta, imposibles de alcanzar. Toma solamente las grandes así llenarás más frascos. Le dijo al marcharse. Demian aguzó la vista y recorrió la cuadra y entre la maraña de espinas divisó una fresa del tamaño de una frutilla. Se abrió paso hasta casi caerse dentro de la planta y la alcanzó para luego comérsela. La fresa tiño sus labios de rojo. Demian sintió que sus entrañas se aflojaban un poco y dio un salto de alegría. El color de la fresa es el color de la sangre. Pensó.
Los frascos luego de llenados eran sellados y exportados. Demian que no cejaba en la búsqueda encontró otra fresa similar. Y dijo: Quien pague este frasco de fresas deberá tener suficiente dinero. Pero aún así no pagará la fresa que yo como, ni la comerá. Las espinas ya le habían surcado los brazos trazando innumerables caminos y la sangre temerosa de los surcos por el ácido de los fluidos de la planta bajo el sol embebidos de sudor comenzaban a arderle y a latir. Entonces; la sangre invadió sus sienes y su cuerpo parecía estallar en sus labios rojos. Furiosamente Demian cada vez que hallaba una fresa de buen tamaño la comía. Sus brazos se poblaron de rayones y de sangre ardorosa. Continuó hasta que le fue imposible apenas vislumbrar un fruto más. Había llenado dos frascos y un tercero hasta la mitad en tres horas de hiriente valía. Vació el tercer frasco y dispuso las fresas más grandes en equilibrio sobre los otros que rebozaban. Las fresas caían por su peso, Demian las recogía y ubicaba cuidadosamente en su lugar. Hasta que llegó a la mesa dónde lo esperaba el joven patrón sonreía con la boca teñida de rojo y todo su cuerpo ardía como el fuego. Puso sobre la mesa los dos frascos rebosantes y el joven patrón con mano raza desplazó las fresas sobrantes que cayeron sobre la mesa y le dijo: Un poco más, y llenas un tercero. Demian entonces con ambas manos tomó las fresas desparramadas y se las sirvió de un bocado y de su boca comenzó a brotar el jugó salivoso y sanguinolento de aquel fruto dulzón. Por pudor se enjugó la boca y el ardor de las heridas lo consumió un instante. Ya no hay más... dijo; con la boca aún llena de jugos y fibras, que se le salían por las comisuras.
Dos frascos, un peso. Dijo el joven patrón errando el cálculo. Demian no soportaba más el flagelo del sol y asintió desmesuradamente con la cabeza.

IV

Mientras ascendía sobre la montaña y pasaba junto a un árbol de raíces longevas. Él decía como para sí mismo:
Algo de eternidad tiene el hombre.
Entonces, repentinamente… Demian exclamó y gritó: ¡Oh, Dios servil! ¿Porqué tú darás gloria omnipotente? Si tienes una rueda la rueda no gira. Los metales giraran la rueda sobre el cuerpo.
¡Servil Dios dinero! ¡Oh, Vida tú...!. Y el rostro de la jornada saludable en el cuerpo. Demian sintió doblemente su peso al trastabillar y rió. Y algo le animó a observar que frente a su vista había una vara como de su estatura junto a un árbol pequeño y reverdecido. Demian pensó:
Hombres... Algo de mortal tiene el espíritu. Mi deseo vital, pequeño e irreversible. Mientras Demian subía velozmente y articulaba secretamente sus palabras. Murmuraba cabizbajo y daba grandes pasos. Levedad... Bien ínfimo... En las pequeñeces del pecado: El bien. Deseo y Razón. Al tocar un árbol alzó la voz levemente: Soy mi cuerpo ante vos... Naturaleza. Las hojas lo acariciaron con el viento. Demian prosiguió ascendiendo velozmente.
En el sentido de la palabra yo abrazo este cuerpo. Dijo y se posó en un árbol y después de abrazarlo y reposar alzó la vista hacia la cima de la montaña: ¡Vanidad de los dioses como tú! Dinero.
Sólo el fuego arde y quema de los elementos.; ¿Cuerpo y monedas? Bien...
Los brazos le ardían como culebras del desierto. Como la clarividencia de las aguas es el espíritu. Pequeñez... ¡Elevándose sobre las palabras con el viento que gira en la cima! El fruto, cultivo y alimento a cada paso en la abundancia. La Tierra, silencio sobre silencio. Espíritus del bien; yo deseo animarme a usar tus alas de agua sobre los árboles muertos. Florecerás del barro angélica y celeste; dama en la noche, a ti te elijo hermosamente adornada. Sólo tú miras a Dios a la cara; en vos se suscitan las cosas, como aflora la vida salvaje, mis palabras. ¡A cada paso se yergue un hombre libre! Anima mis pasos y alégrate en mi dulzura hacia vos que guías los pasos de las fieras y me complaces. Tú que me alimentas; devota y amada... Un rayo de luz. ¡Pureza...! Mírame; leve como un pájaro. Emplazamientos, desplazamientos del vuelo de un colibrí en el fruto rojizo de tus besos maternales. Mírame... Cada signo es una puerta que se abre en un gesto. Ningún signo espera cuándo vos eres multitud de señales. En tus vados aprenden el lenguaje de los puercos aquellos hombres, allí abajo. Pero Demian oyó una voz y sintió que su corazón desfallecía, pletórico.
¿Las mujeres arden en tus brazos? Dijo la tierra.
No. Respondió Demian. Las mujeres me besan cuando estoy partiendo. Y no halló el silencio para sus palabras.
¿Acaso las mujeres no te aman? Dijo la voz femenina algo cómica...
Entre los árboles, fastuoso un rayo de sol irrumpía en ardor sobre los brazos de Demian que cayó al suelo hormigueado por fuertes dolores en todo su cuerpo.
Cercano a la cima asoma el guardián... No quiero oír su voz. Posa sobre él tu mirada, te lo ruego. Demian se arrastró hacia la sombra de un viejo ciprés cubierto de tierra y de sudor. Dura es tu carne y roja. Eres firme como el viento y vistes como una mujer solitaria. Tu altura como la de veinte hombres cultos sobre el mar. Y tu paso es el camino de la belleza y la sabiduría.
¿Quién eres? Preguntó el árbol.
¿Por qué me hablas así en mi cobijo? Percibo sangre y me disgusta. Levántate y sigue tú camino, pero regresa. Y Demian dijo:
Ella te observa desde mi lado, despreocúpate. Tú no lanzas a los pájaros en la noche, no gritas de dolor cuando ellos cantan. Yo aborrezco mis sienes sin tu trazo amable. Y empleo mi voz en tu nombre así cuando te amo... Sé valiente y vive mil años. Demian se irguió y emprendió la marcha pensando:
Desplazamientos... Meras palabras. La razón y el error elevan con el viento las palabras y los oídos del mundo. El sentido. El error. La razón. El bien...

Procurando las sombras Demian subía la montaña errabundo sin detenerse y huyendo de los rayos solares que a sus heridas colmaban de dolor entremedio un silencio de dientes apretados, sabiendo hallaría el momento de la dicha. Suelten a los hombres… Le recordaba su sombra. No habría noches ni días para él; sería aquél hombre despreciado y fugaz y nada esperaba ya… Se avecinaba el tiempo de los tiempos. En la cima se encuentran los verdaderos hombres, para vivir o morir. Y fue entonces… Supo entre dolores y sin angustia que su camino traería la fortuna para todo aquél que mencionara su nombre y le brindara el amor prodigo en el ritual del viejo mundo. Volvería su tiempo. El de la dicha natural del error en el bien por sobre el deseo vapuleado; su camino era el camino de los Dioses de aquellos negados a la luz en las tinieblas. Pronto supo que sanadas sus heridas con hierbas y barro renacería en el Sol. Y fue cuando en su camino un rocío helado anegó el cuerpo herido de Demian; de un manantial cristalino de las aguas fluía y su alma deseosa se vistió de gozo y de frescura.

Demian; allegado al umbral de la luz. Serénate... Y dime tu palabra.
La voz que oía Demian era la de un niño.
Un manto me das y una espada. Respondió Demian.
La luna me ha hecho saber que habla sin sentido y me siento solo. Dijo la voz niña y manantial. Yo soy elemento, y el fluir de las cosas. Dime... ¿Qué quieres?
Música. Respondió Demian. Soy Dios de los ateos y carne viva...
El apóstata... Manto y espada. Y hablo de la diversidad con mi sonrisa pendiente. Elige el camino de mis heridas y sana, de la lobreguez, del espanto... Tú bajas la pendiente y yo la subo. ¡Eterno delirio! Amarras mí espíritu como una serpiente huidiza que va a decirles a los hombres que amas la tierra donde yacen... Demian ungió su rostro. En las frías aguas de mí espíritu... Tú eres el que va.



M A Z U R

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