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Enviado por: zenhaust21-06-2010
Sección: Fantasia / Leyendas

 

La tormenta de arena

 

 

“- Coge mi mano y ya no temerás la tormenta.- Receloso e incrédulo, tomé su mano, sorprendido por la seguridad que emanaba en su tono de voz. Aterrado por el creciente rugir del viento, que golpeaba con violencia en mi rostro estropeado por el inexorable paso del tiempo, pude apreciar aquel tacto sublime de una suavidad indescriptible, que despertaba en mi memoria imágenes de otros tiempos, abandonadas al letargo imperecedero del olvido. Y el calor. Un calor de amanecer que recorría mi organismo, inundando de sosiego y templanza hasta los rincones más inaccesibles de mi alma. Poco a poco el temor fue desapareciendo y su lugar fue ocupado por una sensación de paz serena como nunca antes había experimentado.

Ella tiraba de mí con entusiasmo. Y me miraba. Y al hacerlo sus ojos se tornaban luminosos, brillaban, y a través de ellos pude hallar le sendero hacia el lugar secreto donde habitaban escondidos sus deseos. Y yo los compartía. Me invadió entonces la certeza de que el fin último de mi existencia no era otro que el de seguir sus pasos allá donde quisieran llevarme, sin cuestionarme cual sería el resultado de tal empresa. La última.

Al igual que una roca que aflora en la superficie de un pequeño arroyuelo deja una estela al romper en ella el agua, la cual se difumina lentamente en la distancia corriente abajo, su larga melena rubia se alzaba a contraviento disipándose a nuestras espaldas a medida que nos internábamos más y más en el desierto.

Y ella tiraba de mí. Y yo deseaba que lo hiciera.

Al frente, en el horizonte, el muro de arena se convulsionaba con violentos espasmos como un ente vivo, mostrando el rostro más tenebroso de la Madre Tierra. Esperaba nuestra llegada para devorarnos y alimentar así su hambre de destrucción y venganza por nuestros desatinos, como ha sido y será siempre a lo largo de los tiempos.

Y caminábamos. Mis viejas y cansadas piernas maltratadas por el peso de los años apenas conseguían mantener aquel alegre ritmo joven y lleno de vida. Por el momento, el tortuoso caminar no causaba en mí sensación de fatiga alguna que pudiera ocasionar un sentimiento de derrota, y por tanto la renuncia al desafío que se supone del encuentro final con el destino.

Quise hablar. Deseaba con todas mis fuerzas enumerar mil razones que justificaran mi presencia en ese preciso instante en aquel desolado lugar. Ninguna palabra salió de mi boca. Cómo se puede explicar aquello que no tiene explicación alguna. Tampoco era necesario pues poseía, en el fondo de mi interior, la plena convicción de que ella podía escuchar y entender mis palabras aunque no las pronunciara. Con cada paso nuestros pensamientos se fundían progresivamente en uno sólo compuesto únicamente de emociones puras y eternas. Una perfecta aleación de metales preciosos mezclados con sabiduría por el maestro herrero, cuyas virtudes escapan del entendimiento de todos aquellos que no son capaces de apreciarlas, y por tanto no las merecen. Estábamos unidos en cuerpo y alma, y sus pensamientos y deseos eran los míos. Ambos nos sabíamos dueños de la capacidad de percibir la cercanía de ese momento de éxtasis completo, que a la postre constituiría, en este último y ansiado viaje, el transporte a nuestra morada definitiva. No habría ya fuerza en el universo que separara en dos mitades aquello que no es divisible ni por el mismo Dios.

A medida que nos aproximábamos, el incremento en la virulencia del viento ralentizaba nuestros pasos, frenando el ímpetu demoledor de nuestra voluntad por avanzar. El sonido de nuestra respiración se ahogaba entre un fragor estruendoso de proporciones bíblicas, cuya fuerza de ente sobrenatural golpeaba con cada racha en nuestros oídos, como si de explosiones cercanas se tratase. Habría pues de realizar un esfuerzo sobrehumano a fin de continuar la pesada marcha. Entonces surgió un dolor agudo en mis extremidades obrado por el desgaste realizado en la lucha contra el viento. Tal dolor sobrepasaba ya el umbral de lo soportable, pero aun así no me doblegaría ante los caprichos de aquella criatura. Aguantaría.

Apreté su mano con las escasas fuerzas de las que aún disponía en la confianza de que serían suficientes para no perderla esta vez. Noté como temblaba, y por un fugaz momento pensé que quizás pudiera mostrarse temerosa de la tormenta, o quizá frío. Entonces ella me agarró con mayor firmeza, eliminando de manera tajante las dudas que se alojaron en mi mente durante breves instantes. Ansiaba estar junto a mí, y era mi deseo complacerla.

Apenas unos metros nos separaban de lo alto de la duna que ascendíamos y podríamos detenernos. En nuestros rostros semicubiertos sufríamos ya los impactos de las primeras partículas arenosas, que aguijoneaban nuestra piel de la misma forma que lo haría un enjambre de avispas furiosas tras destrozar la colmena. La emoción crecía vertiginosamente al sabernos próximos del final de nuestro camino. Como un niño ante un paquete enorme, que supone el envoltorio de aquel juguete que lleva esperando largo tiempo, comencé a sentirme extraordinariamente excitado y ansioso, ante el regalo más valioso del que jamás haya podido gozar un insignificante mortal: el don del amor correspondido e imperecedero por lo que queda de eternidad. La felicidad en estado puro.

Al fin en la cima, asistimos atónitos al impresionante espectáculo que se mostraba con arrogancia ante nuestros ojos. La tormenta en sí misma. Una visión estremecedora, de una belleza soberbia no obstante, que no podíamos sino admirar en todo su maravilloso esplendor. La manifestación de un poder incontrolable y caótico contra el que se torna vano todo intento de protección que nuestras insignificantes y conformistas voluntades alcanzaran a maquinar. Pensé entonces en todos aquellos pobres desdichados que se hubieran visto sorprendidos por semejante masa de materia en movimiento, y experimenté su miedo, y su impotencia, que me desgarraba las entrañas como un parásito carnívoro, pues para ellos, en este sobrecogedor fenómeno se rebelaba la verdad de un angustioso y prematuro final. Sobre el rostro cubierto de arena de mi amada resbalaban lágrimas transparentes, cuyo brillo acuoso no se vería empañado por todo el polvo del desierto. Ella también lo intuía, y lloraba por ellos. No obstante sonreía. Un tímido dibujo en su tez blanca por el principio que para nosotros representaba el enfrentarnos sin temor ni dudas a la debacle total en la tormenta.

Embriagado por aquel magno espectáculo, no reparé en que mis oxidadas piernas habían fallado y me hallé postrado con las rodillas hundidas en la arena. Traté de incorporarme. Me asfixiaba la necesidad de enfrentarme a la tormenta erguido y mirando desafiante los fríos ojos de la destrucción. Fue inútil. A lo largo del camino huyó de mí el último hálito de resistencia que pudiera conservar tras la desesperación causada por una vida demasiado larga en soledad, dejándome completamente extenuado en el momento definitivo de mi partida. Todos mis sentidos renegaban ya de asimilar estímulos externos y, por tanto, ya no me afectaba el ruido atronador del viento, ni sentía el morder incesante de la arena sobre mi piel seca y ajada. Dediqué el último soplo de aliento almacenado a levantar la mirada, y observar sereno y feliz cómo ella se sentaba a mi lado, y me abrazaba colocándome en su regazo con mimo y delicadeza, al igual que lo haría una madre. Sentí sueño. Un abrumador sopor se fue apoderando de todo mi ser mientras ella me rodeaba con sus brazos, poniendo sus cálidos labios sobre mi frente.

Llegó el momento. Tras tantos años persiguiendo mi destino en lugares vacíos y extraños, caigo en la cuenta de haberlo encontrado en el mismo punto donde comenzó todo. Puedo entonces satisfecho abandonarme a los designios de Morfeo. Y dormir...”

...

Cuenta la leyenda que un hombre anciano regresó al desierto desde lejanas tierras para encontrar la vida que un día perdió. Reza que hace tiempo fue un apuesto joven extranjero, que llegó de más allá de las montañas, y quedó prendado de la belleza y grandiosidad del desierto, y decidió establecer allí su lugar de residencia.

Cuenta también que encontró entonces el amor verdadero en su más pura esencia, en compañía de una hermosa joven lugareña, y conoció épocas de felicidad completa como jamás ningún hombre se atreviera siquiera a soñar. Hasta que un día el desierto se mostró caprichoso, y decidió apropiarse del regalo de la vida serena y placentera que aquel muchacho afortunado disfrutaba.

Una tormenta de arena les sorprendió a él y a su amada en una fría noche, y aunque él intentó desesperadamente sujetarla con todas sus fuerzas, la perdió. Sus manos entrelazadas resbalaron por el ímpetu del viento y en la oscuridad total no pudo localizarla entre la nube de arena. Él escuchaba impotente su nombre pronunciado repetidas veces por su amada, llamándole, hasta que se fue transformando en un leve susurro y desapareció finalmente. Entonces gritó. Y su corazón se resquebrajó con ese grito de desesperación que, según dicen, se escuchó con una intensidad desgarradora en todos los rincones de aquellas tierras. El desierto se la arrebató.

Aquel joven sobrevivió a la tormenta y volvió con el rostro desencajado por el sufrimiento hallado en aquella injusta desgracia. Renegó entonces de su Dios, y de la confianza y amor depositados en aquel vasto territorio, y se marchó con el alma colmada de aflicción y odio hacia el desierto y sus gentes, y hacia sí mismo.

Algunos que dicen que le conocieron hablan del retorno del anciano con benevolencia y esperanza, ante el arrojo y el triunfo de aquel hombre, que persiguió a la tormenta para recuperar aquello que ésta le había arrebatado tiempo atrás. Aseguran que tras rastrear cada palmo del desierto, tan sólo se encontraron unas maltrechas hojas de papel escrito con letra temblorosa donde se relata el reencuentro con el amor perdido.

Desde el día en que el anciano desapareció lentamente en el horizonte para internarse en el mar de arena, jamás se oyó mencionar sobre tormenta alguna que azotara de nuevo aquellos contornos. El desierto había sido vencido por un mortal, y en la vergüenza por la derrota se sumió en el silencio, y dejó convivir en paz a esas gentes hasta nuestros días.


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